Desde ese día, en que todos me decían señorita, porque supuestamente habían llegado los quince, me di permiso para muchas cosas, para dejar de correr y comenzar a caminar como una dama, para reírme en un tono más bajo para que mi abuela no criticara mi risa vulgar, pero también desde ese día vinieron a mi todas las ilusiones que hay en cada mujer, comencé a pensar en mi príncipe azul, a creer en dragones andantes y en damas encantadas, fue un pase permitido en mis sueños de adolescente. Hoy a mis veinte largos me cuesta pensar que casarme es una regla social y con fecha de caducidad. Hasta a quienes nada les importa opinan si los 24 han pasado y no tienes en la mano el anillo de compromiso. Y ni decir de las abuelas que esperan los biznietos y las tías los nuevos sobrinos.
La elección de otra persona para compartir un matrimonio no sólo depende de la atracción física y la sexualidad en forma plena. Cada vez es más difícil elegir a nuestro príncipe enlatado color salmón. Las relaciones las queremos más ligeras y con menos compromisos, hasta que nos enamoramos y queremos contraer matrimonio con alguno que sale asustado por la prisa de nuestras palabras. Amar es mucho más que un acto cotidiano, es crecer, es tornar nuestra comunicación más fluida y libre, es confiar más y controlar menos, es enriquecer nuestra intimidad y que la presencia del otro nos acompañé en la vida, en un andar conjunto y listos para decir te amo de una forma sensata, demostrándolo. No creo en media naranja, ni almas gemelas, creo en la plenitud que se puede sentir ante un otro que nos ha enseñado amar, sin condiciones. Porque sé que las rosas se secan, que los chocolates engordan, que los peluches me dan alergia, que las cenas están fuera de horas, pero también se que cuando se ama todo tiene un tiempo justo.
También he aprendido que cuando amas los disgustos se resuelven sin alzar la voz, que cuando amas la pasión se siente con sólo mirarse a los ojos, que los orgasmos no son prioridad son cotidianidad.
No me preocupa que los años lleguen, el amor se acerca cuando debe hacerlo, no cuando lo llamamos. Y creo que aunque a muchas nos asusta quedarnos solas es sólo un miedo común entre todas, es por el colectivo social, por el que dirán, por las invitaciones de las amigas que se han casado, pero en el fondo ese temor es por otros, pues nosotras sabemos que algo queda para nosotras y da para todas. Y sin dudas que cuando nos llegue el momento de decir ese SI aunque sea debajo de una mata, quedaran muchas con las mismas dudas.



