Una dominicana


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Migrar te cambia para siempre. La experiencia dura de ir a tierras extranjeras cambia la visión de las prioridades, te enredas en un mundo de compromisos y largas horas de trabajo.

Es como si a una tambora le cambiaran el cuero por algodón, jamás será el mismo sabor. Cambiamos nuestros sonidos e incluso nuestros colores.

Así querido amigo el alma nos cambia, pasamos de los colores del caribe a escalas de grises.

Todo migrante ha derramado un montón de lágrimas queriendo regresarse, queriendo cambiar la historia, o simplemente añorando su terruño, pero estos episodios sólo son como recaídas de adictos, volvemos al sistema, a lo mismo, a la adaptación y a la costumbre de una nueva cultura. A las rutinas maratónica, al descanso nulo, a los planes del carro cada año, la compra de la casa, el pago de facturas, el seguro, el ahorro para la universidad de los hijos, o para el retiro…

Todo se reduce a mucho estrés de tanto planificar, las semanas no tienen días, tienen números (esa cifra que debes producir para pagar los billes). Creo que América es un país que quita sueños, pero que da oportunidades. Pero sabe usted el precio de esas oportunidades, conoce usted el costo de cada ganancia o de cada logro.

Si en el caribe prosperar tiene un precio, en cualquier otro escenario se duplica a la quinta potencia.

Cuando migras junto a la maleta traemos un par de cojones, aquí todo se duplica, el coraje, el miedo, la valentía, la resiliencia, todo, pues hasta cuando crees que no puedes más, emerge de ti una fuerza suprema que te recuerda que los billes no se pagan solos.

Fueron muchas las veces que escuché decir que migrar no era una buena decisión; creo que en la vida todo depende del porqué decides los cambios. Hoy la única razón por la que agradezco migrar es por la educación. Educarse en América Latina sigue siendo un lujo, y sigue siendo el único recurso que garantiza oportunidades, al menos si nos referimos a ganarnos el dinero dignamente.

Educarnos en mi país es un derecho olvidado.

No migré por gusto, migré por mejores oportunidades para mi hija, y eso tiene un costo muy alto, un costo que no todos están dispuestos a pagar. Dejar atrás tu formación, tu trayectoria y llegar a Estados Unidos el país donde eres invisible, donde la vergüenza y el ego no existe, donde ya jamás te importará el que dirán, y donde nadie es diferente si tienes con qué pagar.

Este país suma y resta, ojalá y un día nuestros sistemas políticos sean justos y confiables, y que le den esa garantía al ciudadano de no irse a tierras extranjeras por un símbolo de peso, no abandonar las capacidades pensando sólo en las habilidades.

Ojalá un día dejemos de llamar a los políticos corruptos y hablemos de esa patria que da oportunidades, no de países que nos sentimos avergonzados cuando se pone en evidencia que siguen siendo un “Mercado negro” donde todo se vende y donde todo se compra, incluyendo conciencias.

Ojalá un día la palabra “mi patria” sea tan simbólica en teoría como en ejercicio.